Cap. 06

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“Del otro mesón de La Chela”
En aquellas horas de la noche, cinco después del toque de vísperas, no eran de llegarse a ningún sitio. Sin luces ni lámparas para ver el suelo, contranimás, a lo lejos de las calles del pueblo. Sin nadie dando pasos, sin alguaciles, con las tabernas cerradas a la acostumbrada por las leyes, sólo se sentían las botas de los Cuadrilleros de la Santa Hermandad, con Melquiades Fernández de Avilés al frente de ellos, yendo por la senda del Riato buscando estar pronto en la Casa Concejo y su cárcel propia. De transito iban, desde muchas leguas de por El Calaminar hasta Toledo, llevando en traslado un hombre preso. Escondido este, había estado muchas jornadas de huida de la casa cárcel del Villacañas, sin todavía juicio ni absolución de su causa. Fue buscado y cogido, qué órdenes del corregidor y la justicia toledana habían emitido.
Fatigos se venían ya a esas horas de por los caminos sin ver por donde pisaban, cuanto más el preso, que casi sin sostenerse en pie, por no beber ni comer en tiempo, medio arrastras, a la fuerza daba los pasos que podía.
A unas doscientas varas, desde la distancia del lienzo venerado del Cristo de Zalamea divisaron luz de farol de poca iluminación y menos ver, que más parecía candil de escasa torcía. Era el de la Casa Concejo que en la plaza pequeña estaba situada. Divisaron otra luz tenue saliendo de ventana de edificio cerca, pegado a la Cárcel que a espique del Concejo enclavada se estaba.
Melquiades, jefe de los cuadrilleros de la Santa Hermandad mandó a uno de los tres suyos llamar a la puerta de la alcaldía que en estar y presta abertura esperaba del alguacil de la villa. De así estar dispuestas las leyes y de obligado cumplimiento, so pena de cárcel o dineros. Más, rato largo anduvieron golpeando a la entrada sin abrirse esta ni oír pasos de acudir a ello. Ni tardo, ni presto.
Perjuró pronto Melquiades después de la cansera del camino y a las horas que se estaban
-Dar fuerte voz de nuevo- dijo el jefe de cuadrilleros-, aquí en la Casa del Concejo, en la Cárcel, y de terciarse acudid sin miramiento a la ventana que luz se ve de ese mesón que escrito tiene en cartel Del Presbítero. Malas horas nos dan y peor recogimiento, ¡a saber el desenlace de esto!.
Desde el mesón oyeron las voces de estos, y a ello se atendió José Gómez Calcerrada, el que hacía de mesonero por encargo de Don Juan Alfonso del Val y Heredia, presbítero y vecino de esta villa, al cual pertenecía el edificio. Catorce varas de frente tenia, y de fondo dieciocho. De aposentos, dos cuartos bajos con sus cámaras correspondientes, pozo, dos cuadras, un pajar y corral de a poco más de nueve varas en cuadrado con gallinas, un gallo para todas y, conejos.
-¿Quién se las anda ahí a estas horas de sueño?-, gritó el mesonero que con farol, al alfeizar de la portá se había puesto.
-¡La Santa Hermandad!-, gritó Melquiades. Presente vos su nombre y saber con quién me hablo, no sea que haya de sacar la espada en prevención de traición a estos cuadrilleros.
-Señor, temple el nervio, soy Calcerrada, gente de paz y mesonero de este lugar que en vela me estoy por salvaguardar la tranquilidad y el sueño de los viajeros que aposentados aquí tengo. Y en vistas, salgo al oír los ruidos y voces de por la Casa del Concejo, y de esta casa cárcel que pegada a mi pared queda. Y de ya puestos, saber que se quiere esta justicia en estos momentos.
-Intención nuestra es dar con la justicia propia de la villa, que de alguacil ha de hallarse en el Concejo, mas nadie escucha ni abre a esta Santa Hermandad que de paso va y con un preso. ¿Sabéis donde se hallare el propio dicho?. Que de mucho rato llamando estamos y hormiguillos me suben ya por las canillas. ¡Voto a tal, que disgustado ya me encuentro y no ando yo de bien con las esperas. ¿Acaso el aguacil no vela en su servicio, y la casa cárcel sin guarda está?
-Me temo, señor, que el alguacil no ronda en las noches. Entendido tengo, sin querer meterme donde no me citan, que a lo caliente en casa con su mujer ha de hallarse. Al ser así de todos los días. Y si de por carcelero pregunta, he de decir, que solo a un poco de espera ha de salir de por esta propia puerta del mesón. Sentida necesidad de ir al corral ha tenido por causa de su vientre y ahí agachado se está. Más, a llamarlo por su nombre voy y que de presentarse a vos sea a lo más pronto, cuando su vientre liberado quede.
-Acude pues, mesonero, y llamadle. Que no se llegue tarde, que bastante noche mala tenemos de espera y de sueño, no haya de ser que saque pergamino y pluma, y pronto manuscriba. Y decidme, ¿cuál es la casa del alguacil en esta villa?, uno de los míos a sacarlo de ella ha de ir, esté con su mujer o no, frio o caliente, lo quiero presente. De saber debería que la cosa de la justicia es cosa seria y atenerse en consecuencia habrá de vérselas, si explicación grave no da en excusa de su ausencia.
-Parecerme que habitar es de por la calle Empedrada, cerca de la parroquial iglesia, tres casas antes de terminarse, según a la derecha. De llamarse Liberato Pérez tiene por nombre, -afirmó Calcerrada el mesonero-.
Melquiades Fernández de Avilés envió a su busca a un cuadrillero, que al paso ligero se le perdió la vista al poco. A un tiempo, alcanzó a ver salir al guardia de la cárcel local atravesando el umbral de la puerta, junto al mesonero. Acercose a él e inquiriole responder a sus preguntas.
-Responded a la Santa Hermandad, que de paso y con preso va. ¿De dónde vos acudís, que en el puesto de vigilancia no andabais, que de parecer que tampoco llevasteis aviso de ausencia al alguacil, si de no hallarse en el Concejo es de tener noticia?
-No he a vos de tener que informar,-dijo el carcelero-, si no a mi justicia del concejo, mas por pertenecer usted al servicio del Reino, me avendré a comentar. En la cárcel, a nadie tengo en custodia en esta noche, y aunque no he de salir de allí por quebrantamiento de leyes, remedio no he tenido de acudir al corral de esta otra casa del al lado, al que este buen mesonero, en los aprietos y necesidades del cuerpo me deja entrar. Que mejor es corral con paredes cerrado que al aire libre y con cierzo. Y no es por el vientre, que a ese le da igual, más porque no me vean al descubierto. Y viendo estoy, que preso con grilletes hay, siendo de su incumbencia y jurisdicción, que esta cárcel es de la justicia local y no hay leyes de meter en ella a nadie que no sea de mandatos y órdenes del corregidor alcalde o del alguacil propio.
Estas palabras eran dichas, cuando apareció el alguacil con el cuadrillero enviado a su busca.
-¿A qué deshoras son estas de jaleo y de llegarse en mi busca, acaso no se distinguen las horas cuáles son?.- preguntó el alguacil sacado de la cama de con su mujer que a lo caliente estaba.
A lo que Melquiades contestó:- Me ando temiendo que con este parlamento que se trae por aquí, discordia ha de haber si a razonamiento ni acuerdo llegamos. No será por mi causa que común sentido tengo, así que veamos. Al venirme al concejo, llamando en sus puertas, a nadie encuentro; como al igual a la puerta de la cárcel rural propia del pueblo. ¿Acaso no hay justicia encargada de ello, que por mas ende, las leyes obligan a su cumplimiento sean las horas primas, de maitines, de vísperas o nonas? Dicho ya tengo, que ni pergamino ni pluma quiero poner en ejercicio. De derecho no tengo en surtir denuncia de las ausencias de sus puestos por ser mi cometido de los delitos de los caminos y no de las calles de las villas. Más solución exijo, y ya, en dar cobijo en recaudo a este preso que me traigo, y algún alimento y aposento para estos que me acompañan y para mi mismo-.
(Continua)
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